IN MEMORIAM DE DON ARTURO ARIAS

PALABRAS DE SR. MARCIAL BAEZA PRESIDENTE DE ACHISINA

La ingeniería chilena hoy está de duelo, se ha ido un maestro, el primero entre sus pares Dn. Arturo Arias Suárez.

Hay personas que en la vida dejan una huella indeleble no sólo por su calidad profesional sino también por su calidad humana. Este es el caso de Dn. Arturo Arias a quien conocí siendo yo estudiante de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile de modo que tuve la oportunidad y el privilegio de conocerlo, no sólo en su dimensión profesional como un gran ingeniero y maestro excepcional, sino como una persona con una profunda calidad humana, la que fluyó muchas veces en las conversaciones después del trabajo.

Me acogió en IDIEM como ayudante en su investigaciones y posteriormente fue profesor guía en mi tesis profesional, época en que se fundó la ASOCIACION CHILENA DE SISMOLOGIA E INGENIERIA ANTISISMICA, Asociación de la cual fue uno de los socios fundadores.

Es muy difícil en momentos como este, en que los recuerdos se agolpan y nos invade un sentimiento de tristeza, hacer un retrato que le haga justicia.

Dn. Arturo era una persona en la que se daban características que lo hacían un hombre de excepción. Dotado de una gran inteligencia y especial sensibilidad para analizar los problemas que se le presentaban, con gran visión del futuro, analítico y certero en la solución de los problemas, siempre tenía una respuesta clara para las interrogantes que se le planteaban, inquieto por saber siempre más fue un estudioso hasta el final, preocupado por no disponer del tiempo suficiente para escribir las soluciones a las situaciones que se agolpaban en su mente.

Dn. Arturo Arias fue una persona sencilla y luchadora, era vehemente para defender sus ideas y no claudicaba cuando la solidez de sus conocimientos le daban la razón a sus argumentos y soluciones.

Como el gran maestro que fue Dn. Arturo Arias S. nos señala un camino, la inquietud por saber siempre mas, y nos deja una tarea, ampliar y profundizar nuestros conocimientos para dar respuesta a los problemas que la sismicidad de la tierra nos plantea. Una tarea a cumplir para seguir siendo líderes en la ingeniería sísmica mundial.

Como presidente de la ASOCIACION CHILENA DE SISMOLOGIA E INGENIERIA ANTISISMICA quiero aprovechar la oportunidad para dar a conocer el acuerdo tomado en nuestra última sesión del directorio, el día 8 de Marzo, de reconocer a Dn. Arturo Arias S. como el Maestro de la Ingeniería Sísmica Chilena del Siglo XX, lo que quedará así grabado en los Anales de nuestra institución, lamentamos que él no haya podido enterarse de este reconocimiento.

Vayan nuestros especiales saludos a sus familiares, especialmente a Lola su señora y a sus hijos.

Dn. Arturo descanse en paz, su ejemplo quedará vivo entre nosotros.

Marcial Baeza Setz.

Santiago, 12 de Marzo de 2001

 

Palabras de Rodolfo Saragoni H.

Sra. Lola, Lolita, Carlos Arturo, Don Enrique, Hermanos de Don Arturo, Familiares, Colegas, Amigos Sras, y Srs.

La Asociación Iberoamericana de Ingeniería Sísmica me ha solicitado en mi calidad de Presidente, transmitirles sus condolencias y manifestarles nuestro profundo pesar por tan irreparable pérdida.

Don Arturo Arias, "Don Arturo", había sido designado como miembro honorario de nuestra Asociación, por sus relevantes contribuciones internacionales y regionales a la Ingeniería Sísmica.

Me ha solicitado además, otro de nuestros miembros honorarios, el Profesor Luis Esteva Marabato, actual presidente de la Asociación Internacional de Ingeniería Sísmica, transmitirle sus condolencias, así como los del Director del Instituto de Ingeniería de la Universidad Autónoma de México, Profesor Francisco Sánchez-Sesma y de sus colegas.

Numerosas son las contribuiciones científicas de Don Arturo, pero indudablemente la mas reconocida internacionalmente, es la Intensidad de Arias, IA, que se usa en todas las regiones sísmicas del mundo. Ello es una medida instrumental de la demanda o de la capacidad de producir daño de los terremotos.

Con certeza los ingenieros sísmicos iberoamericanos podemos expresarle a sus familiares y a los ingenieros sísmicos chilenos, que su intensidad mantendrá la memoria de su nombre por mucho tiempo.

A nombre de los Ingenieros Sísmicos Iberoamericanos queremos acompañar a sus familiares y a los ingenieros chilenos en este momento de congoja por esta pérdida irreparable para la Ingeniería Sísmica Mundial.

Don Arturo descanse en paz.

 

Palabras de Armando Cisternas

Querida Diana:

Acabo de recibir tu mensaje comunicándome los últimos momentos de Don Arturo. Yo estaba en París, pues acababa de fallecer la abuela de mi yerno y fuimos a acompañarlos, y solo hoy día vi tu e-mail. Me es difícil expresar lo que significa para mí esta noticia, aunque ya sabia que era inminente. Don Arturo era un caballero, era un profesor de esos que comunica lo que va mas allá de las palabras o de los símbolos, era un amigo de sus estudiantes, era un ejemplo. Ya te he dicho que en la Escuela de Ingeniería hubo dos profesores que influyeron de forma decisiva en mi. Uno era Don Domingo Almendras y el otro Don Arturo Arias. Con Don Arturo se va una parte de los sueños del muchacho que quería hacer ciencia. Ese renacimiento científico de los años cincuenta y sesenta es debido en gran parte a la personalidad de Don Arturo. El no enseñaba un curso de mecánica racional, mostraba un camino a seguir, un camino que comenzaba con la mecánica, pero que continuaba con otras maravillas cada vez más interesantes y misteriosas. Escucharlo hablar de Plank, Einstein, Mach, Bohr, Sommerfeld, Heisenberg, Dirac, era como oir a un mensajero de un Paraíso lejano al que tal vez podríamos acceder un día. Vivir eso siendo muchacho fue para mi una experiencia que me ha llenado toda la vida, y que continua todavía. Como imaginarse una cosa semejante en esa época, y en ese Chile tan lejano y tan joven científicamente. El fue el primer gestor de las ideas que se concretaron luego en el Instituto de Física y Matemáticas y más tarde en la Facultad de Ciencias. El rector de la Universidad de Chile de entonces, Juan Gómez Millas, no pudo elegir a alguien mas dotado que Don Arturo para emprender esa tarea. Eramos pocos en ese momento, pero llevados por esos ideales, salimos a estudiar al extranjero y luego volvimos. Fui entonces profesor y colega de Don Arturo.

Ya nuestra relación fue diferente, y se transformo en amistad. Pero dentro de esa amistad estaba el profundo respeto que tuve siempre por él. Este respeto tiene algo de particular, pues no se trata de algo formal, sino de algo mas intimo. Estaba basado en el sentimiento profundo de que Don Arturo era una persona integra que jamas podría llegar a traicionarse el mismo. Esta confianza absoluta en su persona era quizás el secreto de todos quienes lo hemos conocido y hemos llegado a acercarnos a el. Muchos son los recuerdos que me quedan. Mucho es el agradecimiento que le guardo. Pequeñas frases dichas en momentos en que yo vacilaba, y que servían para mostrarme la actitud correcta. Si he logrado mantenerme dentro de la vocación científica es en gran parte gracias a el. ¿Cómo poder expresar todo lo que esto significa?

Te abrazo y te agradezco todo lo que has podido hacer por él y que yo no hice

Armando Cisternas

 

Palabras de Jesús Iglesias

La clase iniciaba con la entrada de su majestuosa figura: erguido, esbelto, siempre de traje, con su hermosa y abundante cabellera blanca y el toque de genio descuidado de sus zapatos de gamuza. En las manos la cajetilla de cigarros como única herramienta.

En realidad, no asistíamos a una clase, sino a una conferencia magistral, que invariablemente comenzaba ubicando el tema por cubrir en el contexto de la ingeniería y, mas aún, de la ciencia en su conjunto. Este preámbulo iba siempre acompañado del riesgo de que alguien hiciera una pregunta sobre algún concepto fundamental, por ejemplo: ¿qué es el tiempo?. Eso bastaba para que al instante abandonáramos el curso y nos transportáramos al mundo de la filosofía. La sesión, entonces, se convertía en una disertación sobre los más profundos misterios del universo, y uno ya no sabía si estaba en una clase de Ingeniería Sísmica en la UNAM o en la Universidad de Cambridge oyendo a Bertrand Russell. Así, escuchábamos embelesados un discurso lleno de profundos conceptos, que sólo podían derivarse de una mente poderosa que hubiera pasado mucho tiempo meditando sobre las cuestiones más importantes de la vida.

Conviene mencionar que los salones de la División de Postgrado tenían dos grandes pizarrones al frente, mismos que eran llenados varias veces en una misma clase durante los desarrollos matemáticos que el profesor Arias desplegaba, sin más ayuda que su mente, pues de manera asombrosa, rara vez acudía a la clase con algún material de apoyo. Mientras las ecuaciones fluían, nuestro querido maestro entraba en un estado de entusiasmo tal, que no era raro el día en que, acuciado por el profesor de la siguiente hora, que tocaba insistente a la puerta de nuestro salón, aún se robaba el tiempo necesario para llenar de nuevo ambos pizarrones, culminando alguna demostración que nos dejaba con la boca abierta de asombro. Así era la Intensidad de Arias.

Le he pedido a Beatriz que lea estos primeros párrafos y me dé su opinión. Está bien, me dice, pero el principio es muy barroco. Le hablo entonces de mi admiración por el profesor. Le digo que era mucho más que un buen maestro, que era un sabio. Que no puedo menos que decir que su figura era majestuosa porque en realidad lo era. Se asombra y comprende que no puedo hablar de él de otra manera. Me anima a proseguir y yo, por mi parte, comprendo la sorpresa de quien no conoció a tan gran personaje.

En la clase de Ingeniería Sísmica II, los alumnos de Arias abrevábamos de una bibliografía de finales del siglo XIX y principios del XX, cargada de alcurnia y nobleza. Lord Rayleigh, Sir Horace Lamb, A.E.H. Love, por mencionar algunas de nuestras referencias básicas, pasaron a sustituir los journals norteamericanos. No hay muchas cosas nuevas bajo el sol, parecía ser el lema, y en efecto, gran parte de los temas que enfrentábamos se desarrollaban sólidamente a partir de los clásicos. A su vez, esto le permitía insistir sobre lo que él pensaba era un mal de nuestro tiempo: el exceso de publicaciones, el afán de escribir cualquier cosa, por trivial o poco original que fuera, como parte de una carrera científica "profesional" poco seria.

El cesto de los papeles merece mención especial. Dicho cesto fue un lugar de privilegio, por donde pasaron la mayor parte de los grandes investigadores que conocíamos. ¿Qué tenían que ver las leyes de atenuación de California con los sismos de subducción del pacífico mexicano? ¿Nada?, pues entonces alguien visitaba el cesto de los papeles. ¿Cómo se ve el espectro de diseño dividido entre el factor de ductilidad? ¿Horizontal?, al cesto de los papeles. No era una ingratitud ni una agresión irreverente esta figura. Fue una de las mayores enseñanzas de honestidad intelectual que he recibido.

Además de su amor por la ciencia, su amor por la vida se hacía siempre presente. En particular, su gran amor por su país: Chile, al que tuvo que abandonar por causa del golpe de estado en contra del Presidente Allende. Con profundo pesar evocaba el momento oscuro que vivía su patria, en contraste, su cara se iluminaba cuando hacía mención de las aportaciones a la ingeniería sísmica de sus compatriotas, muchos de ellos alumnos suyos. Así fue como conocimos los trabajos y aportaciones de los ingenieros chilenos, como Morán, Saragoni y varios más. Paradojas de la vida, me doy cuenta de lo mucho que tengo que agradecerle a Pinochet.

Con el tiempo, los celos que nos causaban sus alumnos chilenos se fueron disipando. El profesor Arias no hacía distinciones y rápidamente nos adoptó. Bajo su guía, varios de nosotros dimos los primeros pasos en la investigación. A mí, en particular, me llevó de la mano para complementar algunos de los resultados obtenidos por Morán en el análisis hidrodinámico de tanques. Con base en este trabajo de acreditación del curso elaboré mi primer artículo técnico, hace ya 22 años. Por esto, no es de extrañar que sus alumnos más cercanos pudiéramos convencerlo de impartir el curso extraordinario de Ingeniería Sísmica III, y aún hubiéramos seguido llevando más cursos con él si eso hubiera sido posible.

En un examen de grado me encuentro con otro de sus alumnos, mi amigo David Muriá, quien lo recuerda como el mejor profesor que ha tenido en su vida. David promete conseguirme una fotografía y se marcha a su oficina en el Instituto de Ingeniería. Esto me hace revivir la imagen de Don Arturo en su cubículo, en medio de una densa nube de humo de cigarro y detrás de su escritorio repleto de libros, siempre con tiempo para dedicarle a sus discípulos. Que gusto tendría de tener una fotografía suya, de mejor calidad que la fotocopia de unas memorias que pudo conseguir David.

He escrito estos recuerdos de mi querido maestro, al conocer la noticia de su fallecimiento, como un ejercicio para revivir su memoria que el paso de los años había inevitablemente oscurecido. Estoy seguro que la mayoría de quienes tuvimos el privilegio de tratarlo guardamos recuerdos semejantes. Sólo armando un gran mosaico con ellos podríamos rescatar la integridad de su figura y rendirle así un homenaje de amor.

Esta es mi contribución.

Jesús Iglesias

Ciudad de México Marzo de 2001

 

 

Palabras de Tomás Guendelman Bedrack, en el funeral del apreciado maestro don Arturo Arias Suárez, el 12 de marzo de 2001

Querido Maestro:

He querido arrogarme hoy ante usted la representatividad de sus numerosos ex alumnos que, por haber seguido sus lecciones, podemos considerarnos "sus discípulos". Me excuso por usar el lenguaje en "singular", pero estas palabras tienen implícito el "plural" de todos los que quieran sumarse a ellas.

Han pasado más de 40 años desde que asistí a sus clases de mecánica racional. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, aún las recuerdo con nitidez. Lo veo desplazarse con agilidad, usando un lenguaje elegante y preciso, escribiendo en el pizarrón con trazos firmes y seguros, y por sobre todo, trasmitiendo con sabiduría conceptos complicados, que muchas veces requirieron del paso del tiempo para su debida absorción. Era sólo necesario que nuestra entonces juvenil inmadurez nos empezara a abandonar. Guardo con celo sus apuntes de clases. Constituyen para mí un referente de consulta habitual. En ellos siempre encuentro la respuesta, o al menos alguna pista, de lo que estoy buscando.

Del mismo modo, recuerdo esas sesiones de sábado en la mañana, en su oficina del IDIEM, cuando en 1962 revisábamos resultados, primero, y borradores, después, de mi memoria de título. Ese día de descanso para todos, no lo era para usted. Lo dedicaba a sus discípulos. Se sacaba la chaqueta, se arremangaba las mangas de la camisa y se instalaba en el escritorio, de espaldas a la puerta de acceso, invitándome a tomar posiciones a su lado. La lectura era rigurosa. Nunca un sí por compromiso, y muchas veces me entregaba el texto final, de su puño y letra, el lunes siguiente. Esa faceta de su personalidad ha sido una directriz permanente en la vida profesional de muchos de nosotros. Por eso no fue de extrañar que lo reclamáramos de regreso cuando se fue a México, y que lo continúen extrañando en México, desde que volvió a Chile.

Dos de sus más distinguidos discípulos lo han honrado en momentos estelares de sus propias vidas: Igor Saavedra, al recibir la Medalla de Oro del Instituto de Ingenieros de Chile, y Armando Cisternas, al recibir la Medalla Rectoral de la Universidad de Chile. En esta última ocasión, decía Armando que se encontró con Atahualpa Yupanqui, en un vuelo desde Buenos Aires. Se le acercó y le dijo: "Maestro. Ambos tenemos algo en común. Usted le canta a la tierra y yo escucho a la tierra cantar".

Usted, don Arturo, se suma a todos los próceres que le cantan o escuchan el canto de la tierra, agregando sabiduría para leer, y muchas veces para mejorar, las partituras de ambos cantos.

Sus discípulos lo mantendremos vivo, pues seguiremos escudriñando sus escritos, al igual como lo hacemos con esos ya ajados apuntes de mecánica racional. En ellos volveremos a encontrar respuestas, pero además, sentiremos su voz, que como siempre, estará impregnada de elegancia y precisión.

 

 

Palabras de despedida expresadas en el Homenaje Póstumo al Profesor Arturo Arias Suárez

Víctor L. Pérez Vera

Decano

12.3.2001.

Querida señora Aurora y familiares del profesor Arturo Arias Suárez:

Traigo para ustedes el afecto y respeto de todos quienes formamos parte de la comunidad de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile con motivo del sensible fallecimiento de vuestro esposo y padre, de nuestro Maestro, don Arturo Arias Suárez.

El profesor Arturo Arias Suárez fue un brillante maestro por casi 50 años en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Al decir maestro, estamos señalando que, más que un excelente profesor, fue un formador para miles de ingenieros, a través de la docencia, conversaciones cotidianas, reflexiones de pasillo y ejemplo de vida.

La impronta de la radiación de su conocimiento y de su rigor analítico ha quedado marcado en generaciones de ingenieros, quienes lo recuerdan con reconocido aprecio y les evoca uno de los hitos importantes de su paso por nuestra Facultad. Siempre se recuerda la atmósfera de elegancia y erudición de sus clases de Mecánica Racional, Algebra Moderna, Física o Ingeniería Antisísmica.

El profesor Arias se distinguió por ser uno de los más extraordinarios investigadores en ingeniería de esta Facultad.

El profesor Arias es indudablemente un pionero en la investigación en Ingeniería en la Facultad, en años en que ello no era de gran preocupación en el quehacer académico.

No es frecuente encontrar una persona que sea, simultáneamente, un brillante docente y un brillante investigador.

En 1959, siendo profesor de Física de Jornada Completa creó y dirigió el Instituto de Matemáticas y Física de esta Facultad. Este acto fundacional nos indica sus notables cualidades como matemático y físico, no comunes en un ingeniero.

El profesor Arias se desempeñó, además, como Director del Instituto de Investigaciones y Ensayes de Materiales (IDIEM) entre 1958 y 1965, período en el cual la Revista del IDIEM recibe importantes contribuciones de él y la revista es premiada por la Unesco.

Durante el año 1965 el profesor Arias ocupó el cargo de Secretario de la Facultad de Ciencias.

Durante su vida recibió numerosos premios y distinciones.

El año 1967, el Instituto de Ingenieros de Chile le otorgó el Premio Ramón Salas Edwards, que se otorga cada tres años por contribuciones importantes al avance en ciencia y tecnología.

En el año 1984 fue distinguido por el Colegio de Ingenieros Civiles de México con el premio José A. Cuevas, por el mejor artículo publicado en 1982.

En 1993, el profesor Arias es incorporado como miembro de número de la Academia de Ciencias de Chile, en reconocimiento a sus contribuciones internacionales al desarrollo de la Ingeniería Sísmica.

En 1997 el Consejo de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas lo distingue como Profesor de Facultad.

En 1999, el Instituto de Ingenieros de Chile le otorga el Premio "Raúl Devés Julián"

El año 2000 la Universidad de Chile lo distinguió como Profesor Emérito.

El profesor Arturo Arias Suárez representó, con su forma de vida, el sello de nuestra Facultad y de nuestra Universidad de Chile: el rigor académico y profesional, sin concesiones a todo evento, y la lucha diaria por construir una institución universitaria que cultive y preserve la libertad intelectual, la libertad de pensamiento, sin concesiones, a todo evento.

Profesor Arias: su partida nos deja un vacío difícil de llenar, pero nos deja un ejemplo que enorgullece y orientará por siempre a nuestra Facultad.

Muchas gracias.

 

Palabras de Cinna Lomnitz

Con profundo pesar me enteré del deceso de mi viejo amigo Arturo. Es quizás el momento de recordar cosas que sucedieron hace muchos años.

Cuando regresé a Chile en 1957 con mi flamante doctorado, me llamó el rector Juan Gómez Millas y tuvimos una larga conversación en su oficina de la Casa Central. Allí me manifestó su intención de rodearse de un núcleo de científicos jóvenes, siendo Arturo el más prominente y el más prometedor de ellos. A mí me ofreció la dirección de un nuevo instituto, que se llamaría "Instituto de Geofísica".

Acto seguido, don Juan me preguntó qué es lo que yo iba a necesitar para ese instituto, y la pregunta me tomó totalmente por sorpresa. Sin saber qué pedir, sugerí tímidamente: "Una máquina de escribir? . . ." Don Juan se levantó, me agarró del brazo y juntos recorrimos los pasillos y escaleras de la Casa Central hasta que llegamos a una oscura bodega. Don Juan tomó una máquina de escribir de un estante y me la entregó, diciendo: "Toma!"

Posteriormente nos veíamos Arturo, Enrique d'Etigny, Martinoya y yo todos los días. Eran los días de creación del IDIEM y de tantos otros departamentos e institutos: una época de cambios. Como suele suceder, hubo pequeñas rivalidades personales que pronto acabaron con nuestro grupo. Yo nunca tuve ningún problema con nadie, y acaso por eso me quedé un poco aislado; eventualmente me fui a California y de ahí a México pero siempre me sentí muy cercano de mi amigo Arturo.

Transmita por favor mis sentidas condolencias a la familia Arias y a Rodolfo Saragoni.

Atentamente

Cinna Lomnitz.

 

 

DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL INSTITUTO DE INGENIEROS DE CHILE EN FUNERAL DE DON ARTURO ARIAS SUAREZ

Santiago, 12 de Marzo de 2001

Alvaro Fischer Abeliuk

Señoras y Señores: En nombre del Instituto de Ingenieros de Chile que presido, de sus Directores y socios, y en el mío propio, quisiera extender nuestras más sentidas condolencias a la familia de Don Arturo Arias por el fallecimiento de este insigne ingeniero, hombre superior y socio de nuestro Instituto. Una persona como Don Arturo merece ser recordada y homenajeada por sus colegas, muchos de los cuales fuimos sus alumnos.

Nuestro Instituto tuvo la oportunidad de reconocer sus innegables méritos, primero en 1967, al galardonarlo con el Premio Ramón Salas Edwards, por sus contribuciones en ciencia y tecnología, y luego en 1999, al otorgarle el Premio Raúl Devés Jullian, por sus contribuciones a la educación en ingeniería. Pero sus cualidades y talentos fueron apreciados no sólo por nuestro Instituto, sino por todos quienes lo conocimos. Su brillantez, sus profundos conocimientos, la vastedad de su sabiduría, la facilidad para explicarla, son lugares comunes para aquéllos que tuvieron la oportunidad de interactuar con Don Arturo.

En lo personal, tuve el privilegio y honor de ser su alumno en el último curso de Mecánica Racional que se dio en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile en 1972. Después de ese año, el sistema semestral modificó el formato de los cursos, y ese mítico curso desapareció del paisaje de la escuela de ingeniería. El recuerdo de sus clases, de su capacidad asombrosa para pasearse por todos los ámbitos de las materias que trataba, todo ello sin ningún apunte, nos impresionaba en cada clase. Pero no sólo eso, no era sólo su capacidad matemática, su raciocinio lógico, lo que nos maravillaba, sino que además era su cultura universal, y su interés por discutir los problemas de la vida y del entorno social con la misma intensidad y entusiasmo, quizás con tanta o más frecuencia con la que nos explicaba la mecánica de Newton. Por eso, para nosotros fue mucho más que un profesor portentoso, una mente brillante o un sabio universal. Fue, no sólo durante nuestro paso por la escuela, sino que posteriormente lo ha sido a través de nuestras vidas, un maestro, en todo el sentido de la palabra, que ha guiado nuestro actuar y ha sido un ejemplo que debemos, con mucha modestia, intentar seguir.

Por todo ello, dicho así muy apretadamente, es que hoy nos permitirnos, emocionadamente, rendirle este último homenaje. Adiós Don Arturo, y hasta siempre.